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¿Indígena ó colono? El dilema en el Putumayo

Escrito por Carlos Hernán Castro Almario. Posted in Noticias Orito

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Con este tratamiento diferencial para las comunidades indígenas y afro se ha cambiado la forma en la que los colombianos y colombianas más necesitados reciben beneficios del Estado, pues para aquellos catalogados como minorías étnicas el acceso a estos beneficios se hace en forma preferencial.

La reivindicación de corte étnica plasmada en la Constitución de 1991 marcó un punto de giro en la historia de las comunidades indígenas, afro y mestizas en Colombia. A partir de ahí la autonomía y la autodeterminación nutren los discursos y el accionar político de las organizaciones indígenas y afro, en procura de mejorar sus condiciones de vida y lograr mayor visibilidad social a nivel nacional e internacional; no pasa así con los mestizos.

Con este tratamiento diferencial para las comunidades indígenas y afro se ha cambiado la forma en la que los colombianos y colombianas más necesitados reciben beneficios del Estado, pues para aquellos catalogados como minorías étnicas el acceso a estos beneficios se hace en forma preferencial.

Esta situación es sustentada por un concepto que se conoce como “discriminación positiva”, el cual busca que se haga visible y se reconozca social y jurídicamente la situación de desequilibrio de las garantías sociales en las que se encuentran estas comunidades con respecto al resto de la sociedad, para así contar con esquemas de intervención particularizados a sus condiciones.

No obstante, el objetivo final de fortalecimiento de la cultura propia no ha alcanzado las expectativas de las comunidades étnicas ni de la sociedad colombiana en general, por el contrario, se ha abierto una brecha por donde a nombre de lo étnico se están invirtiendo enormes cantidades de recursos públicos y privados nacionales e internacionales y los beneficios se están quedando en pequeños grupos de dirigentes congregados en organizaciones constituidas al amparo de la ley ordinaria, quedando por fuera los esquemas y los actores centrales de la organización tradicional indígena y afro. 

¿Campesino, indígena o colono?

La otra cara de este proceso la representan las personas vulnerables que están por fuera de una denominación de minoría étnica.

Para estas personas la categoría étnica ha sido en forma inadecuada equiparada a la condición económica de campesino o a la forma de poblamiento que se conoce como “colono”[1]; sin que exista para estos últimos el soporte jurídico ó técnico que permita el tratamiento como sujetos de derecho por parte del Estado.

Por el contrario, la denominación como colonos es utilizada por algunos agentes definidos en el marco de lo étnico como elemento de estigmatización y discriminación negativa, pues la persona investida con este concepto es vista como foránea, inestable y destructora de la cultura tradicional y el ambiente natural.

Esa situación ha llevado a que muchas personas de condición étnica mestiza en contextos de vulnerabilidad abandonen la sombra raída de colonos y adopten una identidad como indígenas ó afro que les permita el acceso a beneficios que de otra manera no podrían.

Dicha acción en vez de remediar el problema ha creado otros nuevos que ocurren al interior de las comunidades y que se caracterizan por la discriminación y segregación entre indígenas y mestizos, situación que es avivada por el comportamiento de servidores públicos de los gobiernos nacional, regional y local que desconocen los esquemas organizativos o propuestas de inversión comunitarias de corte étnico por incluir como beneficiarios a personas que no pueden demostrar ascendencia indígena o afro conforme a los criterios impuestos por ellos mismos.

De igual manera, se ha creado entre las mismas comunidades conflictos sociales con base en el control del poder político y económico, pero que en apariencia giran en torno a la pureza étnica de las personas que integran sus organizaciones, creando con ello una segmentación social en donde los “más puros” ocupan los mejores sitiales de poder y obtienen mejores beneficios económicos.

No obstante, los criterios con los que se autodefinen como puros étnicamente son subjetivos y por ello sin posibilidad de comprobación. Dentro de los criterios usados se destacan llevar apellidos que suenen a indígena y que las personas tengan rasgos físicos ligados tradicionalmente a lo indígena como el color de piel trigueño oscuro, ojos rasgados, cabello negro, liso y grueso; en otros casos se considera el manejo de la lengua materna y el uso de prácticas culturales de origen indígena, siendo el manejo de la lengua poco utilizado porque la gran mayoría de indígenas que reclaman organizaciones puras étnicamente, han perdido su lengua propia debido a los procesos de aculturización que han padecido y hoy transitan un proceso de re-indianización cargado de particularidades como las descritas.

Aunque estos elementos podrían ser parte de una identidad y caracterización como indígenas, sin lugar a dudas el más importante es el pensar, sentirse y actuar como indígenas; considerando que como seres humanos hacen gala de méritos, virtudes, vicios, errores propios y otro tanto copiados de sociedades occidentales y que por tal motivo requieren de una organización social que desde una perspectiva intercultural les permita resolver pacíficamente estas necesidades colectivas y seguir conservando los rasgos culturales que los caracterizan y les dan la identidad.

Para el caso de los mestizos, muy probablemente la victimización y el hacerlos vulnerables dentro de las políticas y programas asistencialista del Estado, les abre posibilidades similares al de las minorías étnicas para ser beneficiarios de ayudas del Estado, a un costo que pagan con la pérdida de su dignidad e identidad cultural, pues el estatus jurídico dado por “las necesidades insatisfechas” medidas por el SISBEN, la calamidad o emergencia que vivan los hace una suerte de sintomatología social viva de una sociedad enferma, que solo está dispuesta a tratar con paños de agua tibia la dolencia catastrófica que padece.

Así las cosas parecen quedar muy pocas rutas viables políticamente para resolver este problema, no obstante, es claro que cualquier ruta que se tome debe considerar como eje principal la plenitud humana, que parte de ofrecer garantías sociales que brinden alternativas que hagan posible y sostenible la libertad con la que somos dotados cuando nacemos.

Eso significa contar con la alternativa básica de acceder a una educación que nos haga más humanos, en donde prime la posibilidad que cada ser se encuentre con la fuerza interna que lo motiva para crecer permanentemente y que se concreta en sus sueños y no que siga siendo programado culturalmente a través de la escuela para reproducir el estatu quo de una sociedad que solo le conviene que las personas sean partes intercambiables de un sistema que se construye en torno al monopolio y el acaparamiento de los beneficios para unos pocos.

Significa también tener acceso a una forma de ser humana en torno a la alimentación y la nutrición, para que las personas puedan libremente tener la alternativa de moverse de unas prácticas alimentarias destructivas en torno a alimentos producidos con agrotóxicos que solo mejoran la apariencia cosmética de los mismos volviéndolos letales en el tiempo, a unos alimentos limpios y diversos que sean capaces de avivar la conexión con el entorno natural del que somos parte.

Dicho en palabras de un abuelo y sabio indígena “solo cuando sabemos hacer buena comida se puede tener un buen gobierno de la gente”.


[1] De allí que sea corriente que se hable de indígenas, afro y colonos.